jueves 7 de enero de 2010
miércoles 6 de enero de 2010
jueves 31 de diciembre de 2009
Aires de fines de década
En el año que pasó aprendí a manejar ―con más de treinta años, algo tarde― y conocí un país nuevo con cosas que no se olvidarán en los años que me quedan en esta trocha desesperanzada. Me ascendieron quánticamente en el trabajo y me aceptaron como alumno para una maestría en finanzas que en dos meses me comenzará a torturar con mucho trabajo y poco sueño. Compramos un auto pequeño y azulado y un cuadro algo grande con una colonial imagen del centro de Lima, con dos balcones, un taxi y una iglesia amarilla al fondo. Se incrementaron los libros, que empiezan lentamente a rebasar su lugar en el departamento y Daniel creció día a día, llenando todo de encantos deliciosamente ineluctables. Dorcas andó por sus caminos norteamericanos con un Daniel que tocó la nieve por vez primera. Volví a enseñar tras algunos años de inactividad docente y “publiqué” ―es un decir, porque fue de manera digital y tan solo como editor― un libro. Perdoné a alguien muy cercano por algo en los que todos me daban la razón, pero qué interesa, a cosas más sublimes que tener razón nos llama Cristo. Me sentí a veces cercano y a veces lejano a Dios, pero siempre tratando de permanecer en el camino en el que Él permanentemente anda con nosotros. Me siguen acompañando dolores del alma que no cesan a pesar de que el tiempo continúa transcurriendo, pero he ido aprendiendo a vivir con ellos. Profundicé algunas cercanías, consolidé abismos, aún he dudado en dejar lo que tengo que dejar. Me conocí más, me acepté un poquito más, aún me dejé arrastrar por melancolías.
Creo que a fin de cuentas ha sido un buen tiempo, a Dios gracias.
Creo que a fin de cuentas ha sido un buen tiempo, a Dios gracias.
domingo 11 de octubre de 2009
Siempre vuelven
esas ganas
dementes
estúpidas
egoístas
de correr
y correr
y correr
y correr
cuando todo
parece
no tener
nada de sentido
cuando todo
parece
haberse
disuelto
pulverizado
demolido
carcomido
oxidado
avejentado
quebrado
bajo la cruel
mirada
del tiempo inmisericorde
esas ganas
dementes
estúpidas
egoístas
de correr
y correr
y correr
y correr
cuando todo
parece
no tener
nada de sentido
cuando todo
parece
haberse
disuelto
pulverizado
demolido
carcomido
oxidado
avejentado
quebrado
bajo la cruel
mirada
del tiempo inmisericorde
domingo 26 de julio de 2009
Cambios
Las páginas se perdieron otra vez. El olvido, como es, un bálsamo y un veneno, se llevó horas de recuerdos, de sentimientos que brotaron en noches de ojos abiertos, de flojera paupérrima o de lágrimas casi protocolares. ¿Dónde estaba cuando pasó lo que pasó? ¿Algún día podré dejar de olvidar? ¿Alguna vez podré hacer amigo al tiempo? ¿Dónde estaba cuando pasó lo que pasó? ¿Por qué no puedo recordar lo que quiero y porqué puedo recordar lo que no quiero?
¿Por qué la contradicción es parte de mi esencia? ¿Por qué es todo tan imperfecto? ¿Por qué el deseo de morir, junto con el de vivir, susurran a mis oídos tan convincentes, tan reales? ¿Dónde se fueron sus palabras cargadas de magia y sosiego? ¿Dónde me fui yo? ¿Dónde me perdí? ¿Cuál es el hito que marca la diferencia entre mi yo anterior y el actual? ¿Qué me mutó? ¿Dónde perdí la llave de la puerta que me dirigía sólo en el sentido correcto? ¿Qué me cansó tanto? ¿Qué hizo que cerrara mis ojos, y me dejara llevar?
¿Qué pasa aquí? ¿Qué está siendo extraído de esta vida que respiró el smog limeño de 1977? ¿A dónde se fue la alegría? Dios, yo sé que me había acostumbrado a la pena, a las sombras y a la ceguera, pero me habías enseñado a ver la luz otra vez.
Quizá la oscuridad pasajera traiga más luz después. Quizá despues no pueda ver por la brillantez de la luz. Quizá.
(En algún momento entre octubre y diciembre del 2002)
¿Por qué la contradicción es parte de mi esencia? ¿Por qué es todo tan imperfecto? ¿Por qué el deseo de morir, junto con el de vivir, susurran a mis oídos tan convincentes, tan reales? ¿Dónde se fueron sus palabras cargadas de magia y sosiego? ¿Dónde me fui yo? ¿Dónde me perdí? ¿Cuál es el hito que marca la diferencia entre mi yo anterior y el actual? ¿Qué me mutó? ¿Dónde perdí la llave de la puerta que me dirigía sólo en el sentido correcto? ¿Qué me cansó tanto? ¿Qué hizo que cerrara mis ojos, y me dejara llevar?
¿Qué pasa aquí? ¿Qué está siendo extraído de esta vida que respiró el smog limeño de 1977? ¿A dónde se fue la alegría? Dios, yo sé que me había acostumbrado a la pena, a las sombras y a la ceguera, pero me habías enseñado a ver la luz otra vez.
Quizá la oscuridad pasajera traiga más luz después. Quizá despues no pueda ver por la brillantez de la luz. Quizá.
(En algún momento entre octubre y diciembre del 2002)
miércoles 15 de julio de 2009
miércoles 1 de julio de 2009
domingo 31 de mayo de 2009
La escalera
A las tres de la mañana del 17 de enero de 1999, Bruno Messe cogió una rudimentaria cuerda hecha de las sábanas de su cama, la ató a una de las barandas de la escalera, y procedió a ahorcarse. Quince minutos forcejeó con la muerte; durante unos segundos se arrepintió de su decisión y quiso recordarle a la vida todo el esfuerzo que hizo por tolerarla, quiso exigirle menos crueldad de su parte, quiso suplicar algo de paz en su lucha. Fue inutil. Su cuerpo quedó inerte, colgado tétricamente como un torpe espantapájaros bucólico y falaz, sin que nadie lo notara hasta pasado el amanecer, frente al comedor.
Piero Messe, el padre, bajó temprano a alimentar a los canarios. Bordeó el cuerpo flácido, cogió un poco de alpiste, entró al patio y repartió homogeneamente el preciado alimento avícola. Volvió, fue a la puerta principal, cogió el periódico e inició su lectura pausada en un sillón de la sala. Regina Messe, la madre, tanteó cuidadosamente los frios escalones de la escalera, llegó al comedor y chocó con violencia con el cuerpo, quedando aturdida un instante. Al recuperar el sentido, se dirigió a la cocina danto pequeños pasos con los brazos levantados a manera de una pértiga de equilibrio, para comenzar la preparación del desayuno. Andrea y Paola Messe, las hermanas, bajaron después aún adormiladas y ahogadas en la pereza. Se echaron en el sillón al lado de su padre, riendo al observar la meticulosidad de su madre ordenando los utensilios del comedor. Miraban con extrañeza el porqué de su caminar zizagueante al pasar cerca de la escalera. ¿Acaso no veían el cadaver?
― A tomar desayuno ― dijo Regina.
Cuatro tazas estaban colocadas en una simetría perfecta. En la cabecera se sentó Piero, a su diestra estuvo Andrea, a la izquierda Regina, en el lugar sobrante Paola. Comieron, conversaron largamente. El muerto estaba como un mudo espectador de la tertulia familiar. ¿Acaso no lo querían ver?
Al terminar, Piero y Regina se cambiaron de ropa y salieron a la calle. Paola recogió las tasas, las cucharas, las paneras, y las llevó al lavadero. Andrea se quedó mirando atentamente el cuerpo inmovil, pendiente de la escalera.
― Lo hiciste, Bruno ― espetó ella ― ¿Y a quién le importa?
17/01/1999
Piero Messe, el padre, bajó temprano a alimentar a los canarios. Bordeó el cuerpo flácido, cogió un poco de alpiste, entró al patio y repartió homogeneamente el preciado alimento avícola. Volvió, fue a la puerta principal, cogió el periódico e inició su lectura pausada en un sillón de la sala. Regina Messe, la madre, tanteó cuidadosamente los frios escalones de la escalera, llegó al comedor y chocó con violencia con el cuerpo, quedando aturdida un instante. Al recuperar el sentido, se dirigió a la cocina danto pequeños pasos con los brazos levantados a manera de una pértiga de equilibrio, para comenzar la preparación del desayuno. Andrea y Paola Messe, las hermanas, bajaron después aún adormiladas y ahogadas en la pereza. Se echaron en el sillón al lado de su padre, riendo al observar la meticulosidad de su madre ordenando los utensilios del comedor. Miraban con extrañeza el porqué de su caminar zizagueante al pasar cerca de la escalera. ¿Acaso no veían el cadaver?
― A tomar desayuno ― dijo Regina.
Cuatro tazas estaban colocadas en una simetría perfecta. En la cabecera se sentó Piero, a su diestra estuvo Andrea, a la izquierda Regina, en el lugar sobrante Paola. Comieron, conversaron largamente. El muerto estaba como un mudo espectador de la tertulia familiar. ¿Acaso no lo querían ver?
Al terminar, Piero y Regina se cambiaron de ropa y salieron a la calle. Paola recogió las tasas, las cucharas, las paneras, y las llevó al lavadero. Andrea se quedó mirando atentamente el cuerpo inmovil, pendiente de la escalera.
― Lo hiciste, Bruno ― espetó ella ― ¿Y a quién le importa?
17/01/1999
domingo 26 de abril de 2009
La gota que rebasó el vaso
Cuando cae la gota que rebasa el vaso, se ha llegado al límte de la paciencia y la resistencia. Uno ha esperado que la situación cambie, que la paz llegue, que la desesperación mengüe, pero eso no ha sucedido y la esperanza se pierde completamente. Cuando cae la gota que rebasa el vaso, toda el agua contenida se hace vigente, actual, desde la primera gota que puede venir desde el día de la creación del mundo, hasta la última que es la que se derrama hoy delante de nuestros ojos. Cuando cae la gota que rebasa el vaso uno quiere ser libre del lastre que significaron las afrentas, el dolor y la angustia, y reacciona con severidad no porque se nos viene la gana, sino porque dimos la oportunidad y nunca pasó nada, nunca llegó lo prometido, nunca las cosas estuvieron bien. Uno marca distancia porque no quiere enfermarse, se ha cansado de todo, y simplemente abandona las cosas a su suerte, a su tendencia autodestructiva que ha dejado de importar porque cayó la gota que rebasó el vaso.
sábado 17 de enero de 2009
1990: Entrando a un nuevo mundo
El muro de Berlín se acababa de caer hacía poco tiempo. Recuerdo ver las noticias llena de gente frenética armadas con combas atacando la pobre pared esa y yo sin entender nada de nada, salvo una ligera molestia por mis simpatías inocentes hacia el universo soviético, creo que inculcadas por mi padre, revolucionario en los sesentas. No era conciente de lo trascendente de lo que estaba sucediendo: ¡una época estaba muriendo ante mis ojos! Seguro que estaba más preocupado en terminar la primaria, en el verano que se venía o en los juegos en la parte de atrás de mi casa con mi hermano, donde construíamos ciudades, carreteras, puentes, aeropuertos, estadios y cuarteles, los cuales siempre destruíamos al jugar a la guerra.
Total, tenía sólo 12 años.
No recuerdo muchos detalles del verano del noventa. Lo más saltante es ver a mi padre llegando de la pequeña fábrica de reciclaje de plásticos que tenía en Chorrillos, anunciando el robo de todas sus máquinas ―fue el vigilante del local― y la suspensión del viaje de vacaciones a Cajamarca (al final, acabamos yendo. Fue la vez que vi a mi prima Mónica con una gran quemadura en una de sus piernas, la que ya estaba cicatrizada. Lo terrible para ella es que muchas personas la veían sin soslayos, mirando descarados la costra enorme que tenía). Seguro que fue un verano usual, lleno de horas de piscina, baños de sol y más piscina. Lo mejor de la infancia.
(Ese viaje, ahora que lo pienso, fue el último que hicimos como familia. En 1994 viajé de nuevo a Cajamarca sólo con Gabriel, y en 1996 fui con mi madre, mi tía Nelly y mi primo Hugo a Chiclayo, a la primera comunión de la hija de mi tía Haydee. De allí, nada más)
En marzo ya estaba bastante ansioso por el primer año de secundaria. Varios me hablaban que ahora si “estudiaría de verdad, no suavecito como antes. Te dejarán trabajos enormes y deberás ir a bibliotecas” pero el trauma principal era el ser lo más grandes antes y ahora los menores, la escoria, los más indignos, los niñitos. Al menos, todos mis amigos estarían allí, lo cual era un alivio. La verdad, los años de primaria fueron buenos, agradables, tranquilos. Ensimismado en mis cosas simples, la pasaba bien.
Un día ―mejor dicho, una noche― apareció la policía en nuestra casa. Mis padres habían salido desde temprano, y los cuatro hermanos estábamos solos. Adultos desconocidos nos invadieron, rebuscando todos los rincones tratando de encontrar algo de lo que yo no estaba seguro, aunque en el fondo sí lo sabía bien. Horas después llegó mi madre acompañada por más gente, algunos vestidos más elegantemente, buscando las mismas cosas por todos lados. Estos policías hurgaron, se llevaron lo que quisieron y dejaron abierta la puerta de la cochera, lo que hizo que a las dos de la mañana los perros escaparan y yo tenga que ir a perseguirlos por toda la calle Los Cerezos, casi llegando a Los Almendros.
― “Sube, te llevo y así los agarramos más rápido” ― me dijo uno de ellos.
Imposible, prefería caminar hasta el centro de Lima de ser necesario. Tenía un enorme sancochado en la cabeza. ¿El honor es su divisa? ¿Era honor robarse las cosas de una casa, cosas que no les pertenecían?
La mañana siguiente ellos seguían allí, pero como a las nueve llegaron más, en relevo de los que pasaron la noche en mi casa. Uno de los recién llegados, con una panza más grande que la de una embarazada ad portas de un alumbramiento, me llamó a un lado, y conversó conmigo.
― “Tienes que decirnos donde están las cosas que buscamos. Si nos dices, ayudarás a tus padres y podrán salir rapidito”
― “De verdad, no sé nada” ― le respondí al agente. Algo me decía que lo que me decía el policía era una mentira monumental, más grande que el avión que pasaba por sobre nosotros en ese instante. El sancochado en mi cabeza se hizo más espeso. O sea, ladrones y mentirosos resultaban ser estos que se supone se encargaban de resguardarnos, que se supone nos protegían de los malos.
Esa tarde todos ellos se fueron y nos dejaron solos en la gran casa. Gabriel tenía cinco años, Gema cuatro, y con Nancy (de diez) hicimos un esfuerzo para tratar de que mantengan la calma. En ese momento observé la solidaridad humana en su máxima expresión, pero también la miseria de algunas almas que se aprovecharon de nuestro desconocimiento. Mi madrina nos trajo una cena todas las noches, sin falta, complementada de muchas frutas; Juanjo, un amigo de mis padres de su antiguo barrio entre Guzmán Blanco y Wilson, en el centro, vino varias veces a dejaros dinero; la familia directa también se portó de primera con nosotros. Sin embargo, el jardinero de la casa, que sabía que mis padres habían tenido un problema y no estaban, venía a diario a cobrar por el servicio hecho. Pero el pago pactado (desconocido por mí) era como 10, y él me pedía como 50. Al final le pagué con el dinero de Juanjo, pero todo salió a la luz cuando volvieron mis padres tres semanas después. Recuerdo el escándalo que mi mamá le armó al señor en la puerta de su casa por abusar de nosotros y aprovecharse de la situación.
Me sentí tan frustrado. Parecía una persona buena gente. Aunque quizá era culpa de Alan García y la hiperinflación que le regaló al Perú en su gobierno de 1985 a 1990. La verdad, no lo sé.
Para los almuerzos se ofreció mi tía Judith, con la condición de que yo fuera a recogerlo todos los días a su casa en San Isidro, cerquita al cruce de la Javier Prado con Salaverry. No era un problema porque ya a esa edad conocía bastante de Lima, pero las clases comenzaban pronto (mi colegio tenía la primaria de ocho a doce y media, con la secundaria de una a seis). Día a día, entonces, la rutina era tomar desayuno, ir a donde mi tía a traer el almuerzo, y esperar la cena que mi madrina traía. ¿Qué pasaría cuando comenzara el colegio? El horario se estrechaba mucho, y eso me tenía muy nervioso. No quería llegar tarde.
El primer día de clases me alisté de la mejor forma pero se complicó todo en la casa de mi tía, por lo que demoré y no me dio tiempo de almorzar. Así nomás, fui al colegio llegando apenas, jadeando por correr casi todas las ocho cuadras de distancia desde mi casa. Rápidamente me acomodé en la formación (por lo general mi lugar era el último por ser el más alto), cantamos la Marcha de Banderas y el Himno Nacional, se rezó un Padre Nuestro con un Ave María, y luego llegó el aburrido discurso del director de ese entonces, un nombre que olvidé por completo.
Tampoco recuerdo nada de lo que decía. Seguro las mismas cosas aburridas y repetitivas de siempre. Sólo que, poco a poco, comencé a ver todo cada vez más y más blanco, como si una nube estuviera bajando del cielo a nuestro patio, como si el día se hubiera puesto invernal con la neblina, pero sumado a una enorme pesadez en mi cabeza. El sol estaba en todo su furor con los rezagos del verano y yo no veía nada. Me quería caer. Deseaba romper la formación e ir a los baños, a mojarme. Imagino que esto era causado porque los desayunos preparados por niños no eran los mejores, porque no almorcé, por el sol de los infiernos que ese día caía. Y el director de porquería que no dejaba de hablar.
― “Javier, por favor, no me siento bien, me voy a apoyar en ti un rato” ― le dije a Javier Rojas Palma, que estaba delante de mí y no se hizo problemas, a pesar que sólo nos conocíamos de vista. Di un paso adelante y tomé uno de sus hombros para no perder estabilidad. Así, subsistí por toda la perorata hasta que finalmente entramos a nuestras aulas. La nuestra era la última del primer piso, entrando al colegio a la derecha. Me senté, apoyando mi cabeza sobre la mesa de inmediato. Gracias a Dios ese día casi no hubo clases, como era usual en los primeros días de escuela, pudiendo descansar lo suficiente.
Tres días después llegó la escarlatina, la que descubrí tomando una ducha en casa de mi tía Judith mientras esperaba que terminaran el almuerzo. Mi tío Elías me llevó a un médico y me compró todas las medicinas que tomé por un tiempo, hasta que mis manos se acabaron de pelar y desaparecieron las erupciones. Después de eso, mis padres volvieron, con una evidente flacura y sin el auto Toyota Corona porque se lo quedó la policía (años después lo recuperarían, casi en estado de chatarra). El juicio que comenzó para que los indemnicen aún no termina, una década después. ¡Ay, justicia peruana…!
Con mis padres en casa, las clases pudieron ser normales (si alguna vez existió la normalidad). Ahora sí, bienvenida secundaria.
Total, tenía sólo 12 años.
No recuerdo muchos detalles del verano del noventa. Lo más saltante es ver a mi padre llegando de la pequeña fábrica de reciclaje de plásticos que tenía en Chorrillos, anunciando el robo de todas sus máquinas ―fue el vigilante del local― y la suspensión del viaje de vacaciones a Cajamarca (al final, acabamos yendo. Fue la vez que vi a mi prima Mónica con una gran quemadura en una de sus piernas, la que ya estaba cicatrizada. Lo terrible para ella es que muchas personas la veían sin soslayos, mirando descarados la costra enorme que tenía). Seguro que fue un verano usual, lleno de horas de piscina, baños de sol y más piscina. Lo mejor de la infancia.
(Ese viaje, ahora que lo pienso, fue el último que hicimos como familia. En 1994 viajé de nuevo a Cajamarca sólo con Gabriel, y en 1996 fui con mi madre, mi tía Nelly y mi primo Hugo a Chiclayo, a la primera comunión de la hija de mi tía Haydee. De allí, nada más)
En marzo ya estaba bastante ansioso por el primer año de secundaria. Varios me hablaban que ahora si “estudiaría de verdad, no suavecito como antes. Te dejarán trabajos enormes y deberás ir a bibliotecas” pero el trauma principal era el ser lo más grandes antes y ahora los menores, la escoria, los más indignos, los niñitos. Al menos, todos mis amigos estarían allí, lo cual era un alivio. La verdad, los años de primaria fueron buenos, agradables, tranquilos. Ensimismado en mis cosas simples, la pasaba bien.
Un día ―mejor dicho, una noche― apareció la policía en nuestra casa. Mis padres habían salido desde temprano, y los cuatro hermanos estábamos solos. Adultos desconocidos nos invadieron, rebuscando todos los rincones tratando de encontrar algo de lo que yo no estaba seguro, aunque en el fondo sí lo sabía bien. Horas después llegó mi madre acompañada por más gente, algunos vestidos más elegantemente, buscando las mismas cosas por todos lados. Estos policías hurgaron, se llevaron lo que quisieron y dejaron abierta la puerta de la cochera, lo que hizo que a las dos de la mañana los perros escaparan y yo tenga que ir a perseguirlos por toda la calle Los Cerezos, casi llegando a Los Almendros.
― “Sube, te llevo y así los agarramos más rápido” ― me dijo uno de ellos.
Imposible, prefería caminar hasta el centro de Lima de ser necesario. Tenía un enorme sancochado en la cabeza. ¿El honor es su divisa? ¿Era honor robarse las cosas de una casa, cosas que no les pertenecían?
La mañana siguiente ellos seguían allí, pero como a las nueve llegaron más, en relevo de los que pasaron la noche en mi casa. Uno de los recién llegados, con una panza más grande que la de una embarazada ad portas de un alumbramiento, me llamó a un lado, y conversó conmigo.
― “Tienes que decirnos donde están las cosas que buscamos. Si nos dices, ayudarás a tus padres y podrán salir rapidito”
― “De verdad, no sé nada” ― le respondí al agente. Algo me decía que lo que me decía el policía era una mentira monumental, más grande que el avión que pasaba por sobre nosotros en ese instante. El sancochado en mi cabeza se hizo más espeso. O sea, ladrones y mentirosos resultaban ser estos que se supone se encargaban de resguardarnos, que se supone nos protegían de los malos.
Esa tarde todos ellos se fueron y nos dejaron solos en la gran casa. Gabriel tenía cinco años, Gema cuatro, y con Nancy (de diez) hicimos un esfuerzo para tratar de que mantengan la calma. En ese momento observé la solidaridad humana en su máxima expresión, pero también la miseria de algunas almas que se aprovecharon de nuestro desconocimiento. Mi madrina nos trajo una cena todas las noches, sin falta, complementada de muchas frutas; Juanjo, un amigo de mis padres de su antiguo barrio entre Guzmán Blanco y Wilson, en el centro, vino varias veces a dejaros dinero; la familia directa también se portó de primera con nosotros. Sin embargo, el jardinero de la casa, que sabía que mis padres habían tenido un problema y no estaban, venía a diario a cobrar por el servicio hecho. Pero el pago pactado (desconocido por mí) era como 10, y él me pedía como 50. Al final le pagué con el dinero de Juanjo, pero todo salió a la luz cuando volvieron mis padres tres semanas después. Recuerdo el escándalo que mi mamá le armó al señor en la puerta de su casa por abusar de nosotros y aprovecharse de la situación.
Me sentí tan frustrado. Parecía una persona buena gente. Aunque quizá era culpa de Alan García y la hiperinflación que le regaló al Perú en su gobierno de 1985 a 1990. La verdad, no lo sé.
Para los almuerzos se ofreció mi tía Judith, con la condición de que yo fuera a recogerlo todos los días a su casa en San Isidro, cerquita al cruce de la Javier Prado con Salaverry. No era un problema porque ya a esa edad conocía bastante de Lima, pero las clases comenzaban pronto (mi colegio tenía la primaria de ocho a doce y media, con la secundaria de una a seis). Día a día, entonces, la rutina era tomar desayuno, ir a donde mi tía a traer el almuerzo, y esperar la cena que mi madrina traía. ¿Qué pasaría cuando comenzara el colegio? El horario se estrechaba mucho, y eso me tenía muy nervioso. No quería llegar tarde.
El primer día de clases me alisté de la mejor forma pero se complicó todo en la casa de mi tía, por lo que demoré y no me dio tiempo de almorzar. Así nomás, fui al colegio llegando apenas, jadeando por correr casi todas las ocho cuadras de distancia desde mi casa. Rápidamente me acomodé en la formación (por lo general mi lugar era el último por ser el más alto), cantamos la Marcha de Banderas y el Himno Nacional, se rezó un Padre Nuestro con un Ave María, y luego llegó el aburrido discurso del director de ese entonces, un nombre que olvidé por completo.
Tampoco recuerdo nada de lo que decía. Seguro las mismas cosas aburridas y repetitivas de siempre. Sólo que, poco a poco, comencé a ver todo cada vez más y más blanco, como si una nube estuviera bajando del cielo a nuestro patio, como si el día se hubiera puesto invernal con la neblina, pero sumado a una enorme pesadez en mi cabeza. El sol estaba en todo su furor con los rezagos del verano y yo no veía nada. Me quería caer. Deseaba romper la formación e ir a los baños, a mojarme. Imagino que esto era causado porque los desayunos preparados por niños no eran los mejores, porque no almorcé, por el sol de los infiernos que ese día caía. Y el director de porquería que no dejaba de hablar.
― “Javier, por favor, no me siento bien, me voy a apoyar en ti un rato” ― le dije a Javier Rojas Palma, que estaba delante de mí y no se hizo problemas, a pesar que sólo nos conocíamos de vista. Di un paso adelante y tomé uno de sus hombros para no perder estabilidad. Así, subsistí por toda la perorata hasta que finalmente entramos a nuestras aulas. La nuestra era la última del primer piso, entrando al colegio a la derecha. Me senté, apoyando mi cabeza sobre la mesa de inmediato. Gracias a Dios ese día casi no hubo clases, como era usual en los primeros días de escuela, pudiendo descansar lo suficiente.
Tres días después llegó la escarlatina, la que descubrí tomando una ducha en casa de mi tía Judith mientras esperaba que terminaran el almuerzo. Mi tío Elías me llevó a un médico y me compró todas las medicinas que tomé por un tiempo, hasta que mis manos se acabaron de pelar y desaparecieron las erupciones. Después de eso, mis padres volvieron, con una evidente flacura y sin el auto Toyota Corona porque se lo quedó la policía (años después lo recuperarían, casi en estado de chatarra). El juicio que comenzó para que los indemnicen aún no termina, una década después. ¡Ay, justicia peruana…!
Con mis padres en casa, las clases pudieron ser normales (si alguna vez existió la normalidad). Ahora sí, bienvenida secundaria.
Etiquetas:
1990,
adolescencia,
colegio,
escarlatina,
irresponsabilidad,
muro de Berlín,
policia,
soledad
viernes 17 de octubre de 2008
2 años
Han pasado dos años ya
¡Dos años!
Y las sensaciones
esas que nos invadieron a todos
con tu partida
Aún no se van
Permanecen
No quieren irse
No se irán
¡Dos años!
Y las sensaciones
esas que nos invadieron a todos
con tu partida
Aún no se van
Permanecen
No quieren irse
No se irán
martes 29 de julio de 2008
A Gema
Suena, melodioso, un piano, llenando el metal y el vidrio
de códices armónicos, mayestáticos, románticos
mientras tú, en tu lecho, duermes con este amanecer
y sueñas, y te observo, calmada, y abres tus ojos
y te quiero.
Y yo, hoy, me saturo de lo especial, de mis recuerdos
de esperanzas ausentes, de esas voces figuradas
que no tocan lo sensible. Me saturo, gracias a Dios
de ti y de los cielos, de amor puro que no desaparecerá
nunca jamás.
Eres presa de la fiebre hoy, invernal día mío.
Estás acostada, débil y repleta de soledad,
pero protegida por lo divino, por lo realmente existente
mientras mi corazón en sus rincones cubiertos de miedo
esos que no quieren mostrarse a nadie
te idolatra, te adora
te compara con las estrellas azules de Andrómeda
con el verde fulgor del universo
expresado en un árbol o en unos ojos
mientras miro al cielo de Lima que llora la lluvia
y le agradezco a Él, por dejarnos estar juntos
día tras día, minuto tras minuto
hasta el final.
Hoy mi mundo es tuyo, hermanita mía
mi espacio lozano, la gracia celeste, mi paz
y sólo hoy, por fin reconozco
grátamente, casi con júbilo
que sin ti, sin tu adolescencia
literalmente moriría
mi vida se agotaría
como se acaba la esperanza
del ser que ama a un imposible
a sabiendas.
7-sep-2000
de códices armónicos, mayestáticos, románticos
mientras tú, en tu lecho, duermes con este amanecer
y sueñas, y te observo, calmada, y abres tus ojos
y te quiero.
Y yo, hoy, me saturo de lo especial, de mis recuerdos
de esperanzas ausentes, de esas voces figuradas
que no tocan lo sensible. Me saturo, gracias a Dios
de ti y de los cielos, de amor puro que no desaparecerá
nunca jamás.
Eres presa de la fiebre hoy, invernal día mío.
Estás acostada, débil y repleta de soledad,
pero protegida por lo divino, por lo realmente existente
mientras mi corazón en sus rincones cubiertos de miedo
esos que no quieren mostrarse a nadie
te idolatra, te adora
te compara con las estrellas azules de Andrómeda
con el verde fulgor del universo
expresado en un árbol o en unos ojos
mientras miro al cielo de Lima que llora la lluvia
y le agradezco a Él, por dejarnos estar juntos
día tras día, minuto tras minuto
hasta el final.
Hoy mi mundo es tuyo, hermanita mía
mi espacio lozano, la gracia celeste, mi paz
y sólo hoy, por fin reconozco
grátamente, casi con júbilo
que sin ti, sin tu adolescencia
literalmente moriría
mi vida se agotaría
como se acaba la esperanza
del ser que ama a un imposible
a sabiendas.
7-sep-2000
sábado 24 de mayo de 2008
Melancolía
Esta noche la melancolía es profundísima.
Dios, un milagro quiero
Sólo uno
Señor, hazme volver
a la tarde del 17 de Octubre del 2006
para volver a sentir su respiración
ver sus labios como gelatina
observarlo demacrado
Pero aún con nosotros.
Dios, un milagro quiero.
Uno más
Por él daría mi vida
de verdad que sí:
Hazme volver a la mañana
Del 2 de Noviembre del 2005
Cuando todo
Aún estaba bien.
Dios, un milagro quiero
Sólo uno
Señor, hazme volver
a la tarde del 17 de Octubre del 2006
para volver a sentir su respiración
ver sus labios como gelatina
observarlo demacrado
Pero aún con nosotros.
Uno más
Por él daría mi vida
de verdad que sí:
Hazme volver a la mañana
Del 2 de Noviembre del 2005
Cuando todo
Aún estaba bien.
sábado 22 de marzo de 2008
1993: Meat Loaf
Yo escuché esta canción por la radio en su versión larga por primera vez en algún momento del cual perdí el recuerdo, que seguro fue en la habitación de atrás de techo altísimo de dos aguas pintada de verde tenis, mi rincón entre 1991 y 1999 que también fue de Gabriel y Gema después. A pesar de no entender en ese momento una sóla palabra, la potencia que tiene, el sube y baja, la fuerza de las voces, no sé -todo y nada a la vez-, llevaba mi corazón a muchos lugares y a ninguno al mismo tiempo. La grabé en un maltrecho cassette con la única vieja radio que podía hacerlo en mi casa, tan vetusto que se dañó a los pocos días. Luego la canción se me perdió, la reencontré en una reunión por año nuevo (pienso que fue 1996) en casa de los padres de Claudia Donoso en Miraflores, dentro de un disco compacto de Yvonne Chang que no pedí prestado porque no tenía dónde escucharlo. Luego, se fue de nuevo y, gracias a Youtube y a Dorcas, la tengo otra vez.
Es, para mí, todo un símbolo de 1993 en cuarto de secundaria, el año que decidí que fuera el último en el Jesús y María porque me era absolutamente insoportable el asesino cargamontón adolescente que nos dañaba los unos a los otros sin desearlo. Me puse a estudiar con furia porque quería irme en lo más alto del escalafón académico, y tan mal no me fue porque obtuve el primer puesto que quise y gané un concurso de matemática a nivel Lima-Este que vino con una beca en una academia preuniversitaria. Al final, tener eso no me sirvió en lo absoluto. No fue una revancha, no fue venganza, fue tan útil como llevar arena desde los Andes hacia la playa. La seguridad que pensé que traería se me escurrió entre los dedos.
El año acabó tratando de escapar del colegio, harto de la presión y, valga decirlo, del amor no correspondido. Al final, no me fui, cosa de la cual hoy no me arrepiento.
Es, para mí, todo un símbolo de 1993 en cuarto de secundaria, el año que decidí que fuera el último en el Jesús y María porque me era absolutamente insoportable el asesino cargamontón adolescente que nos dañaba los unos a los otros sin desearlo. Me puse a estudiar con furia porque quería irme en lo más alto del escalafón académico, y tan mal no me fue porque obtuve el primer puesto que quise y gané un concurso de matemática a nivel Lima-Este que vino con una beca en una academia preuniversitaria. Al final, tener eso no me sirvió en lo absoluto. No fue una revancha, no fue venganza, fue tan útil como llevar arena desde los Andes hacia la playa. La seguridad que pensé que traería se me escurrió entre los dedos.
El año acabó tratando de escapar del colegio, harto de la presión y, valga decirlo, del amor no correspondido. Al final, no me fui, cosa de la cual hoy no me arrepiento.
sábado 8 de marzo de 2008
La lluvia
Lima está en un desierto y por eso nunca llueve; apenas hay un poco de agua pulverizada que funge de escuálido sucedáneo que no podría regar ni una planta aunque, a pesar de eso, soñaba desde niño con ver la lluvia un día desde la gran ventana del segundo piso de la casa de mis padres, mi hogar por veinticinco años. No sé porqué esa ilusión extraña, quizá remembranza de las vacaciones serranas o tal vez la melancolía ya creciente en mi alma infantil que la vinculaba inevitablemente a la lágrima, al dolor silencioso.Una noche me despertó un sonido extraño, como si mil dedos tocasen incesantes el techo sobre mí. Me desubiqué terriblemente por un momento porque creí que estaba en la casa de mis tíos en el Cusco o con un televisor prendido con la escena de alguna película (aparato que nunca existió en mi dormitorio). Eran las tres de la mañana y era eso, ¡mi sueño! Salí del dormitorio y encontré a toda mi familia despierta, excepto mi hermana menor Génesis, viendo totalmente alucinados la calle, las casas, el jardín, los perros empapados, la piscina bombardeada. ¡Era la lluvia, tal cual existe en tantos lugares, menos en el mío! Fue un momento mágico que por dos horas lo copó todo.
Era 1998, y fue cortesía del fenómeno de El Niño.
Cuando terminó todo fue como ser sacudido a la realidad, como cuando despiertas con una sensación de desazón porque eres conciente de que nunca más volverás a soñar lo mismo. A la larga fue cierto: ocho años después Gabriel partiría dejando a la familia incompleta y ocho meses después de esa tragedia la casa se vendió a unos comerciantes del centro del país. El sueño de la lluvia desde la ventana del segundo piso quedó, tras eso, destinado al recuerdo, nada más que eso. Un recuerdo transformado en un cuadro, imposible de pagar en cualquier subasta, imposible de regalar o de prestar, porque allí estábamos todos todavía completos en nuestro lugar.
domingo 27 de enero de 2008
El miedo al puerto
Cuando tenia unos tres años, quizá cuatro, me llevaron a la carceleta del Palacio de Justicia del Callao. Hacía frío. Tengo clara la escena de la casona, que seguro construyó un amigo de Francisco Pizarro, con un soporte provisional hecho de un tronco escualido con unas maderitas en la base que le aumentaban los centimetros necesarios para alcanzar a la viga que sobresalía en el techo. Entramos por una puerta externa, en una especie de sótano con mi mamá (¿O tal vez una tía?) que me llevaba del brazo, como un títere indefenso. Luego siguieron las rejas, los pasadizos oscuros, la visión nublada de una celda. Una luz blanca. La humedad en las paredes. Siempre tuve buen sentido de la ubicación, y sabía dónde estaba. Si me perdía, seguro caminaba y podía llegar a la casa de mi tía Julieta, a unas cuadras de distancia por los barrios feroces del Callao. Recuerdo los ojos -que son las ventanas del alma- de la persona que visitábamos, y mi alma de 3 o 4 años observaba miedo. Y terror en los de mi niñera-acompañante, que no acabo de identificar con precisión.
Quizá de allí venga mi miedo al puerto.
Una tarde de un domingo de Noviembre del 2002, Dorcas y yo fuimos a La Punta de una forma medio casual. Volvia al Callao luego de 4 años (cuando hablo del Callao me refiero al centro, a los lugares más allá del Hospital San Juan de Dios) y a La Punta luego de 12, cuando fui con Christian Rojas Ibáñez y su finado primo Javier Rojas Palma a buscar animales marinos en los empedrados del malecón Figueredo para la clase de Ciencias Naturales de la profesora Anchiraico. Tenía miedo. Un miedo fuerte, que venía de los lejanos días de 1979, u 80, u 81. No le dije nada a Dorcas. Me tragué toda palabra timorata.
Fue un día feliz.
Quizá todo venga de los caramelos en forma de chupón que mi mamá me compraba en una bodega en un lugar impreciso del Callao. O de la visita a la casa de mi tío Beto, en la casa más pobre de todas en los barracones, vieja como Machu Picchu, tugurizada como la India. O de ese tapiz de los perros jugando cartas en casa de mi tía Julieta que reencontré en casa de Edwin Vallejos y que fue un balazo al corazón inesperado a mediados de 1994. O de su altillo, ese que se veía desde el lavadero que estaba en su comedor. O del callejón con caño al fondo, casi como el vals.
Quizá de allí venga mi miedo al puerto.
Una tarde de un domingo de Noviembre del 2002, Dorcas y yo fuimos a La Punta de una forma medio casual. Volvia al Callao luego de 4 años (cuando hablo del Callao me refiero al centro, a los lugares más allá del Hospital San Juan de Dios) y a La Punta luego de 12, cuando fui con Christian Rojas Ibáñez y su finado primo Javier Rojas Palma a buscar animales marinos en los empedrados del malecón Figueredo para la clase de Ciencias Naturales de la profesora Anchiraico. Tenía miedo. Un miedo fuerte, que venía de los lejanos días de 1979, u 80, u 81. No le dije nada a Dorcas. Me tragué toda palabra timorata.
Fue un día feliz.
Quizá todo venga de los caramelos en forma de chupón que mi mamá me compraba en una bodega en un lugar impreciso del Callao. O de la visita a la casa de mi tío Beto, en la casa más pobre de todas en los barracones, vieja como Machu Picchu, tugurizada como la India. O de ese tapiz de los perros jugando cartas en casa de mi tía Julieta que reencontré en casa de Edwin Vallejos y que fue un balazo al corazón inesperado a mediados de 1994. O de su altillo, ese que se veía desde el lavadero que estaba en su comedor. O del callejón con caño al fondo, casi como el vals.
domingo 9 de diciembre de 2007
La marca
De la misma forma que una res, llevo sus marcas en mi piel. Y la marca, como la de los judíos en la segunda guerra mundial, es imborrable. ¡Y nada más importa, sino sólo tener la marca!
jueves 18 de octubre de 2007
martes 16 de octubre de 2007
La niña
Mientras escucho, sueño, o vivo, -¿Vivo? ¿Acaso vivo?- vi a la niña llorar, con lágrimas que caen una a una para enseñarme que el mundo sufre y seguirá haciéndolo mientras no cambie de lado su mirada. ¡Simplemente su mirada!
(2003)
(2003)
sábado 15 de septiembre de 2007
Lima de mis contrastes
Hola, Lima de mis contrastes.
Salgo de mi encierro voluntario y volátil y voy a ti, pausado, como si la vorágine del mundo que se refleja en tus calles adustas no me importara, como si todo fuera sencillamente blanca imaginación azucarada. Ando entre pulgas y graffitis sin dirección aparente, odiándote y amándote. Lima, amo la historia que tu y yo forjamos a empellones, detestando tus contradicciones, tus tristes vejámenes y tu cruel mirada para los que no guardan tu favor.
No tengo ideas. Tus heridas me duelen, demasiado. Y por eso yo no puedo concebir a gente que ande entre los ríos de sangre y pus que emanas y no sienta nada, no vea nada. Por eso prefiero mi encierro.
O será que todos, menos algunos, son inmunes a todas tus llagas.
¿Y son inmunes a la inocencia? ¿A ojos de seis veranos? ¿Son inmunes ala ternura contaminada por el hambre?
Si es así, que mi cárcel se mantenga por toda la eternidad.
Y mientras tanto, avanzo en este cubo hacia lugares donde mi corazón será triturado.
Y sin corazón seré como todos.
(1999)
Salgo de mi encierro voluntario y volátil y voy a ti, pausado, como si la vorágine del mundo que se refleja en tus calles adustas no me importara, como si todo fuera sencillamente blanca imaginación azucarada. Ando entre pulgas y graffitis sin dirección aparente, odiándote y amándote. Lima, amo la historia que tu y yo forjamos a empellones, detestando tus contradicciones, tus tristes vejámenes y tu cruel mirada para los que no guardan tu favor.
No tengo ideas. Tus heridas me duelen, demasiado. Y por eso yo no puedo concebir a gente que ande entre los ríos de sangre y pus que emanas y no sienta nada, no vea nada. Por eso prefiero mi encierro.
O será que todos, menos algunos, son inmunes a todas tus llagas.
¿Y son inmunes a la inocencia? ¿A ojos de seis veranos? ¿Son inmunes ala ternura contaminada por el hambre?
Si es así, que mi cárcel se mantenga por toda la eternidad.
Y mientras tanto, avanzo en este cubo hacia lugares donde mi corazón será triturado.
Y sin corazón seré como todos.
(1999)
viernes 7 de septiembre de 2007
Sin ti
Primer cumpleaños sin ti, hermano
sin entender tu partida continúo.
(hay cosas que no se podrán comprender nunca)
Y con el sentimiento fortísimo
de la remembranza.
(hay cosas que serán para siempre).
Te extraño.
sin entender tu partida continúo.
(hay cosas que no se podrán comprender nunca)
Y con el sentimiento fortísimo
de la remembranza.
(hay cosas que serán para siempre).
Te extraño.
miércoles 22 de agosto de 2007
Tu presencia
Tu presencia
es algo infinitamente superior
a casi cualquier cosa.
Más que
algún pensamiento
o sueño
o poema
o delirio
que mi ser pudiera bosquejar.
Todo lo que la tinta dibuje
no igualará jamás
a una mirada tuya
ni siquiera a un caminar tuyo
totalmente indiferente
por alguna calle cualquiera
de esta Lima desbocada.
¿Alguna inspiración
puede ser superior a ti?
Nada, salvo Dios y sus asuntos.
Eso, y nada más.
19/02/2001
es algo infinitamente superior
a casi cualquier cosa.
Más que
algún pensamiento
o sueño
o poema
o delirio
que mi ser pudiera bosquejar.
Todo lo que la tinta dibuje
no igualará jamás
a una mirada tuya
ni siquiera a un caminar tuyo
totalmente indiferente
por alguna calle cualquiera
de esta Lima desbocada.
¿Alguna inspiración
puede ser superior a ti?
Nada, salvo Dios y sus asuntos.
Eso, y nada más.
19/02/2001
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




